sábado, 30 de mayo de 2009

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El repiqueteo del agua que caía, en pequeñas gotas, con un martilleo constante, se difundía entre las elegantes casas de tejados chinos. Era una ligera llovizna, pero el agua ya desbordaba por los aleros. Sonido de pasos apresurados. Le cae un chorro al romperse un canalón. Está muy fría al contacto con su cuerpo, pero esto sólo le hace estar más callado, pues su propia respiración le asusta, sabiéndose perseguido. Los ojos de una chica que le mira, accidentalmente, desde una ventana sólo le recuerdan por qué está allí, todo aquello que le hace buscar una forma de soledad en la que dejar de pensar, moviéndose sólo por instintos básios, inherentes a cualquier otra forma de vida. Al mirar hacia el cielo nublado, sabe que ese alivio es sólo temporal, pero le anima cómo las tímidas gotitas acarician su rostro. Estar mojado ya no le molesta, los problemas son sólo ecos que se diluyen al avanzar entre las empedradas calles, llenas ya de pequeños charcos, en los que el cielo parece contenerse hasta que alza la mirada.

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